En Pichilemu,
el día no termina… se transforma.
El sol desciende en silencio,
como quien sabe que su partida
es también un regalo.
El horizonte respira calma,
y el mar —quieto, profundo—
recoge la luz en sus manos abiertas.
Todo se tiñe de fuego suave,
de naranjos que no queman,
de rojos que abrazan el tiempo.
Y en ese instante suspendido,
donde nada apura y todo existe,
el mundo parece entenderse a sí mismo.
No es solo un atardecer…
es la forma en que la luz
aprende a despedirse.


